Luisa comenta

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Acababa de cumplir los 42 años cuando me operaron. Hasta ese momento, mis reglas eran cada vez más dolorosas. Justo antes de la operación, ya no podía más, era insoportable.

Antes de tener este problema, era una mujer bastante activa con un trabajo a tiempo completo y una casa de la que ocuparme. Además, pasaba mucho tiempo con mi familia y mis amigos. En pocas palabras, era una mujer realmente dinámica. Sin embargo, durante los meses previos a la intervención me sentía completamente limitada.
Unas semanas después de celebrar mi 40 aniversario, fui a ver al ginecólogo con motivo de mi visita anual. Le comenté que mis reglas eran especialmente pesadas. Me dijo que podía deberse a varios factores, como la edad. Me realizó algunas pruebas, como una ecografía y una resonancia. Me diagnosticó miomas uterinos.

Los principales síntomas que sentía eran reglas dolorosas y abundantes. Además de algunos problemas de incontinencia. Parece ser que los miomas ejercían presión por la parte superior y me provocaban ganas de orinar con frecuencia.

Al principio, las únicas opciones que me propusieron fueron la miomectomía o la histerectomía. Cuando me estaba decidiendo entre las soluciones propuestas por mi ginecólogo, oí hablar de la embolización.

Entonces encontré en internet al Dr Esteban, que practicaba esta técnica. Después de haber estudiado los resultados de mi resonancia, me dijo que mi caso era idóneo para la embolización. Por mi parte, creí que ésta era la mejor solución para mí. No ocurre lo mismo con todo el mundo, pero, en cualquier caso, es un procedimiento que debe tenerse en cuenta como los demás.

La diferencia entre mi estilo de vida antes y después de la embolización es incomparable. Los síntomas se habían agravado considerablemente justo antes de la intervención. Además de ser dolorosas, mis reglas eran irregulares y, al final, directamente imprevisibles. Cuando empezaban, ya no podía ir a ningún sitio. Me tenía que quedar en casa encerrada sin poder hacer nada. Tenía miedo de salir y no hacía más que pensar en lo mismo. A la angustia física se sumó la angustia emocional. Al mes siguiente de la intervención, todo había cambiado, ya no tenía ningún síntoma.

Fue un cambio como la noche y el día.

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